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Sobre límites, halagos y autoridad.¿Cómo ser padres positivos? | Educación Positiva

Gracias a querer educar de una manera positiva he sabido discernir entre una educación sin autoritarismo que no llegue a ser permisiva, he podido darme cuenta de lo importante que es el aliento en los niños sin confundirlo con la alabanza y el halago, he podido apreciar que el respeto al niñ@ no significa que tenga que olvidarme de respetar mis necesidades o respetar las situaciones que se viven en familia, y que no se trata de apuntar en una agenda cuantas veces doy un grito para contrarrestarlo con el mismo número de abrazos, se trata de ser firme y amable todo el rato, todo el tiempo, de ser consciente de mi rol de guía sin pretender que eso signifique actuar con superioridad y en una posición de permanente perfección.

Se trata de mostrarnos humanos, no perfectos. Nuestra realidad es la de que en mayor o menor medida vamos a trasmitir juicio, sí o sí. Aceptar que no somos absolutamente aceptantes, ni con el otro, ni con nosotros mismos, nos puede ayudar a rebajar nuestro nivel de exigencia, y en consecuencia nuestra culpabilidad. Creándose una situación favorable para poder acompañar. Siendo éste un gran punto de partida.

¿Por qué son necesarios los limites?
La puesta de límites le va a permitir al niño, entre otras cosas, contactar con la realidad de que existe un otro más allá de él, dándose cuenta de que sus acciones tienen consecuencias. Lo curioso es que decirle “No” no solo le enseña a tener en cuenta a los demás, sino que también le muestra y valida la importancia de tenerse en cuenta a uno mismo. El adulto que se respeta a sí mismo diciendo “Sí” cuando quiere decir “Sí” y “No” cuando quiere decir “No” es un adulto que no se deja manipular, es un adulto que se siente en coherencia con sus decisiones, es un adulto confiable para el niño porque no abusa de la autoridad del “No”, ni peca de la complacencia de decir a todo “Sí”. El niño capta la autenticidad del adulto y eso lo convierte en un terreno firme sobre el que pisar. La puesta de límites no consiste en decir “No” de manera automática porque hemos leído en algún libro que es bueno poner límites. El “No” tiene que nacer de la realidad y la coherencia interior de la persona igual que el “Sí”, por lo que el trabajo del adulto consistirá en sincerarse consigo mismo, y entonces dejarán de hacer falta manuales y teorías sobre los limites, funcionando todo de manera fluida y natural, apoyados en el respeto hacia nuestra persona y en consecuencia hacia el otro. Un adulto sano dota de salud sus relaciones.

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Los límites también poseen la capacidad de crear el espacio de protección que da sentir la presencia de alguien velando por tu seguridad. Limitar una acción que el adulto considera peligrosa o nociva para la niña o el niño, podrá generar frustración en el pequeño pero a la vez se le manifestará la preocupación que el adulto está teniendo por su bien estar. Con esto no quiero decir que la frustración generada sea algo a menos preciar ni mucho menos, de hecho acompañar y validar esa frustración le permitirá sentirse tenido en cuenta minimizando los daños que pueda haber generado el límite.

Entonces podemos decir que a través de los límites vamos a ayudar al niño a sociabilizarse y a sentirse seguro en su entorno de crecimiento; salvo que la puesta del límite se haga a través del juicio. Decirle al niño o a la niña, desde una posición de tranquilidad y seguridad, que entiendes que quiera seguir jugando en el parque y que ya es el momento de recoger para volver a casa, por ejemplo, no es lo mismo que advertir, sermonear, juzgar y decirle que ¡Eso no se hace! y volver a casa de malas maneras.

“Ponerle un límite al niño o a la niña sin trasmitir juicio significa mantener intacta la integridad de su ser.”

Es muy grande la diferencia entre limitar una conducta o mostrar rechazo ante ella. Por eso es importante que al niño, cuando recibe un límite, le quede claro que su persona no está siendo cuestionada. Que mamá o papá se muestren firmes para que las cosas se hagan de una manera diferente no significa que esté mal lo que hace o lo que siente. Y ahora alguien me dirá – Pero es que está mal que no comparta sus juguetes con los demás niños, o que le pegue a su primo, etc, etc, etc-. Yo no sé lo que está mal o lo que está bien, lo que sé es que un niño que se comporta acorde a los que sus progenitores quieren de él, debido al miedo generado por el juicio autoritario con el que ha sido tratado, es un niño al que no se le está dejando actuar de corazón. Se le está impidiendo descubrir satisfacciones, como el propio agrado que da compartir cuando uno decide que así sea. Y de la misma manera no se está posibilitando que pueda crear una sana culpabilidad apoyada en la empatía.
Si el adulto está lleno de juicios acerca de lo que está bien o lo que está mal, difícilmente no verá a su hijo a través de esas lentes, pues es la misma mirada intolerante con las que se ve a sí mismo. La dificultad radica en que mientras no se dé cuenta de cómo fue condicionado por los juicios de sus progenitores, seguirá formando parte de la misma rueda. Mientras cada ser humano no perciba en su interior cómo le fue negado su ser, se lo negará a aquellos que más tarde acabará llamando hijos e hijas.

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¿Qué parte de mí no fue respetada, reconocida y amada por mis padres?
¿Cómo fue crecer ante miradas llenas de expectativas que en muchos aspectos nunca llegué a colmar?
¿Cómo me afecta esto en mi vida, condicionando mi comportamiento y mis reacciones?
¿Cuántas elecciones de mi día a día hago aún, buscando colmar esas exigencias ocultas que siguen presentes en mí, porque aún no me creo digno de recibir amor si me mostrara tal cual soy?
¿Qué roto experimentó mi alma al ocultar aquellas partes de mí que explícitamente o sutilmente (Especialmente lo sutil) fueron rechazadas, potenciando solo aquellas que sentía que serían apreciadas?
¿Qué me supuso traicionar mi ser, mis instintos, mis necesidades y sentimientos, o mis gustos particulares, para someterme a unos padres que poseían el poder de retirarme su amor en cualquier momento?

Sentirnos amados significaba tener la mayor garantía posible de que íbamos a ser protegidos y cuidados de la manera que necesitábamos.

Trasmitir límites sin juicio no consiste exclusivamente en evitar los reproches y las criticas, al contrario de lo que la mayoría piensa, los halagos son rechazos encubiertos. Cuando nos mostramos más amorosos, más entusiasmados o más aceptantes debido a una destreza, habilidad, o característica que valoramos positivamente en la persona, aunque aparentemente el halago le pueda resultar dulce, una parte más inconsciente, se estará preguntando – ¿Me querrían igual si no tuviera esa cualidad que aprecian? ¿Es a mí a quien quieren realmente o a esa cualidad? Porque también soy mis fracasos, mis errores, y mis gustos diferentes a los de mis padres… – .
Se trata de amar todos sus aspectos y la evolución de estos, evitando identificarnos positivamente con unos y los otros rechazarlos.

Comprender que nuestras hijas e hijos son personas diferentes a nosotros, con sus propios gustos, sus propias necesidades, su propia manera de ver la vida y de sentirla, nos coloca en una posición de respeto que ayudará a que los limites que pongamos no lleven esa carga juiciosa. De la misma manera, cada persona tendrá la necesidad de poner sus propios límites. Habrá gente a la que le importe que su hijo se suba en el sofá con los zapatos y a los que no. Habrá familias que tendrán la necesidad de comer todos en la mesa a la misma hora y otras que no. Habrá madres y padres que puedan acompañar a su hija mientras juega subida en el árbol, mientras que a otros les resultará un peligro innecesario. El secreto no se encuentra en qué limites poner y cuáles no. Se trata de ser sincero uno consigo mismo, de dejarse sentir las cosas y ver que limites necesito para poder acompañar a mi hijo sintiéndome seguro. Limites que posiblemente vayan cambiando, no somos contradictorios porque esto ocurra. No soy el mismo agotado que cuando estoy en plenas facultades. No hay porque ser férreo e inamovible, de hecho la vida no lo es. Nuestros límites pueden ir cambiando, somos seres en estado de evolución. Hoy no quiero que juegues con el balón dentro de casa pero igual mañana me da igual. No estamos amaestrando a un perro, estamos acompañando en su desarrollo a una persona que lo que necesita no es disciplina sino autenticidad. Padres que les muestren que se puede ser humano. Con nuestras riquezas y nuestras carencias. Con nuestras bondades y debilidades.

Que yo no quiera jugar porque estoy cansado, no significa que tú seas un pesado por insistirme.
Que yo no quiera que grites a pleno pulmón cuando tenemos visita en casa, no significa que esté mal que te sientas excitado, eufórico o enfadado.
Que pienses de manera diferente a mí, no significa que seas irracional o tonto.
Que debido a mis miedos te impida hacer cosas que me resultan peligrosas, no significa que seas un temerario.
Que en muchas ocasiones imponga mis necesidades, no significa que las tuyas no sean tan validas como las mías.
Que sintamos distinto, no significa que yo esté en lo correcto y tú estés herrado.

Poner límites de manera sana conlleva dirigir una mirada sincera hacia uno mismo para volvernos más auténticos. Dejando así de manipular y de escudarnos con falsas verdades que dicen “Eso no se hace” para mostrar nuestra verdad “Yo no quiero que hagas eso”. Bájate del árbol porque es peligroso, no es lo mismo que bájate de ahí porque me asusta que te puedas caer. Está mal que saltes encima de sofás ajenos cuando estamos de visita, no es lo mismo que no juegues así porque no quiero que nuestro vecino se moleste.

Se trata de reconocer que no poseemos la verdad acerca de lo que está bien o o lo que está mal. Abandonar el rol de juez para poder ser uno mismo. Son nuestros gustos, nuestras necesidades, nuestras preocupaciones las que estamos imponiendo. Y cuanto más nos vayamos dando cuenta de esta realidad, más fácil nos resultará poner límites sin juicio porque lo estaremos haciendo de corazón. Un corazón que les hará sentir que ser amados no es un privilegio por el cual deban luchar, sino un derecho a merecer por el simple hecho de nacer.

Fuente: Terapia Gestalt. Paul Urrutia

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Firma

Carmen Fernández Rivas
 
Educadora Certificada en Disciplina Positiva para Padres y en el Aula (CPDPE) & (CPDCE) por la Positive Discipline Association EE.UU.
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